Crónicas y relatos (rigurosamente intrascendentes)
Armitana ahora habita en la ciudad
Su figura transfigura las visiones. Ella se deja llevar por el tráfico de la ciudad. Siente que el aire que nutre su piel ahora no proviene de la montaña vecina de allende lejanías. Invadida por el torbellino de la montaña de concreto, o de miles de montañas, parece encarnar otro ser, no su ser primitivo. Deambula con sus largas piernas y brazos; su rostro todavía emite señales de presencia infantil, de pisadas de la tierra que la germinó. La estrechez de su cintura, la sincronía anatómica de sus senos en este lugar tan inhóspito, establecen una diferencia existencial y esencial con su original procedencia: sus riachuelos y cerros de fácil acceso, tantas veces recorridos en su no tan lejana infancia. Sus ojos se han contaminado de una profunda desilusión, que define e impone una actitud corporal para ella extraña e incómoda.
Ahora los encuentros fugaces con seres de la ciudad se manifiestan muy diferentes de aquellos roces epidérmicos que se sucedían en su provincia, todavía presentes en su memoria, a pesar de la fuerza contagiante y depresiva del laberinto ciudadano.
La incesante presión agresiva de la urbe cubrió su piel de ásperas resonancias, de cáscara de árbol centenario. Intuía que todo lo que aprisionaba sucedía al norte, al sur, al este y al oeste de su garganta.
Esta mañana, Armitana se desliza por las calles vaporosas, balanceando su cartera con un gesto mecánico, repetitivo, ansioso, para olvidar momentos de desaforada voluptuosidad vividos en instantes impulsivos durante sus interminables noches de entrega total. De repente vuela su memoria a lejanas fechas venturosas, no compartidas en este lugar de humo, paredes ultrosas y ruidos implacables, contrastantes con aquellos encuentros bucólicos. Perdió algo –que para los capitalinos suena insignificante—: la pureza mental y física. Ahora su cuerpo anda en camino abierto a experiencias inusitadas y fortuitas. La providencia la sueña en el infinito. El presente y el futuro se envuelven en la aridez circundante y nauseabunda de la ciudad descuidada. Lejos de su vientre rural, su ser se torna reacio a cambios de personalidad transitorios y emocionales, perdida su brújula intuitiva en el árido espacio donde habita.
Las intemperancias sensitivas acusan angustias y depresiones. ¿Cuál es el salto que debo dar para librarme de estas agresiones que me rodean? Se preguntaba sin encontrar una respuesta adecuada u útil.
Caminó… caminó… caminó… hasta llegar a su apartamento; se desvistió, entró al baño y abrió la regadera. Los chorrillos de agua fresca la acariciaban, y su piel se erizaba como en aquellos lejanos tiempos en que se lanzaba al riachuelo de su pueblo, completamente desnuda. Allí, en la intimidad de su cubículo impregnado de fragancias y aromas de otras tierras, repentinamente sintió deseos de ser poseída: alguien que le proporcionara emociones y sensaciones ocultas en su cuerpo desnudo y le diera rienda suelta a sus fulgores eróticos. Se secó, tomó el teléfono, meditó un instante; estaba frente al espejo que mostraba su voluptuosa figura. Se acercó un poco, se miró fijamente: sus ojos, envueltos en la tristeza, la conducían a una vertiginosa nostalgia, como una retrospectiva cinematográfica. Marcó un número de teléfono, dijo algunas frases con voz muy suave, luego colgó.
Nuevamente era invadida por la tristeza y la soledad; así penetró en su pasado pueblerino: su niñez, sus juegos infantiles, los paseos al cerro amado en compañía del catire Armando, sus confesiones de primeriza con el cura párroco, los deportes practicados, el sol abrasador bajo el cual se produjeron sus primeros encuentros juveniles de besos de lampiño. De repente, despertó de aquel añorado sueño y enfrentó la realidad que la encerraba en aquella ciudad convulsionada. Miró a su derecha, observó con fingida calma el frasco de pastillas, lo tomó con su mano insegura, lo destapó y como si escanciara un trago de elixir maravilloso, lo apuró; abrió de nuevo la regadera para experimentar, despacio, el efecto embriagador de la proximidad del final. Pasado un instante, encaminó su cuerpo hacia la cama plácida de otros momentos furtivos, se acostó y, pocos segundos después, sintió que su mente se desprendía de su cuerpo como si flotara en la ingravidez espacial, levitara en espacios de otras galaxias.
Alguien tocó el timbre repetidas veces, en vista de que nadie le abría, con la llave que Armitana le había cedido, abrió y fue directamente a la habitación de esta. Sorprendido y alarmado, el hombre observó el cuerpo hermoso y fulguroso que tantas noches había tenido entre sus brazos; ya era una presencia inmóvil, inerte; levantó su mano izquierda, la pulsó y, mejor dicho, no sintió aquellas pulsaciones agitadas de pasados silenciosos e íntimos.
Fuertemente impresionado por su inesperada visión, lentamente, como en un ritual de despedida, cubrió su cuerpo con la sábana blanca bordada que él le había obsequiado. Allí, Rodrigo, recordó los cuentos de Armitana: ella no volvería a la provincia, no regresaría por sus propios pasos. Ahora en este instante, Armitana era la esperanza fallida, el abrazo del universo frustrado, de no volverla a contemplar por las calles vaporosas de la ciudad laberíntica, como afirmaba Armitana.