Crónicas y relatos (rigurosamente intrascendentes)

El Ensayo Frustrado

Eran sólo roedores de esperanzas; nada concreto arañaba sus cuerpos y sus entrañas sombrías presagiaban fulgores desconocidos. Objetos de carne andante sin rumbo conocido. Sólo intuiciones, nada preciso, habitan aquellas mentes. Si acaso una ocasión inusual, rayas de discernimiento se posan en sus cabezas a la intemperie, desnuda de toda brisa suave y fresca. Era entonces cuando el más vivido, o más bien el más desechado social, Casimiro, así llamado por sus compinches por su escasa visión, asumía, lenta y ritualmente, la dirección o ejecución de las acciones intuidas de repartir, sin discriminaciones, profecías, advertencias, señalamientos acusatorios (a veces injustos), diatribas y, por supuesto, las migajas de comida recogidas o hurtadas durante los vaporosos días.

Casimiro, a pesar de la desconfianza que aprisionaba su cerebro y le oprimía su corazón, por momentos sentía destellos de seguridad por Arsenio Correa, de cuerpo fornido, calvo, fuertes muñecas y ojos saltones, piel corrugada, áspera y de aspecto cerdoso.

Sin embargo, aquella noche, en aquel sitio rodeado de árboles centenarios, piedras gigantescas y únicamente alumbrado por el reflejo de la luna, todos se sintieron habitantes de otro planeta, cuya comunicación e interrelación eran conducidas por Casimiro.

Tampoco caer en el barranco del otro extremo de sentirnos inactuales por haber desprendido del almanaque unas cuantas hojas más.

Pero esa noche, tal vez por un presagio o admonición de los dioses intuidos, el demonio se posesionó de Arsenio Correa , o más bien decir que éste siempre lo habitaba. De repente, Arsenio Correa acertó y se colocó en sitio estratégico; hizo una gran pausa, y presumimos que como lo hacía siempre Casimiro, miró a todos uno por uno, y también como Casimiro, ritualmente, como si oficiara una ceremonia religiosa, sacó mecánicamente, sin brillo, amenazante, un arma blanca (¿un puñal?), que seguramente ese mismo día había robado en una tienda de artículos árabes. En la semioscuridad los reflejos de su brilloso filo encandilaban los ojos de los sorprendidos concurrentes.

Arsenio Correa no poseía la elocuencia del lenguaje bíblico de Casimiro, pero era posesivo, poderoso de músculos y voluminoso de estatura elefanteásica. Sin moverse un centímetro, pronunció la primera palabra: “quietos”. Un murmullo ininteligible cubrió el lugar; eran como gemidos bestiales, como algo ensayado bajo la mirada experta y sabia de un “regista” experimentado.

Casimiro, sintiéndose poderoso y seguro de su mando, a su vez preguntó: “quietos, ¿por qué?” “porque esta noche comienza el rito del inicio del final emprendido”, respondió Arsenio, con voz gangosa y cansada. Los presentes conmovidos y convencidos del final implacable, iniciaron un lento y angustioso movimiento, donde sus cuerpos eran sólo especies de robots dirigidos a distancia tecnológicamente prudencial… Casimiro intuía comprender, que algo, una fuerza sobrenatural, motorizaba aquellos impulsos inconscientes, pero a la vez su intuición y su olfato de perro callejero le insinuaban al oído que debía tomar las medidas necesarias, pero ¿cuáles?. Quedó inmóvil unos cuantos segundos, al cabo de los mismos, comprendió que debía asirse de nuevo a su verbo trillado, cotidiano, con el que otras veces había convencido y vencido a aquella pequeña plebe sublevada, soliviantada por el musculoso y casi omnipotente, para el mínimo conglomerado, Arsenio Correa. Había, pues, que vestirse una vez más con el cuero áspero y duro de su verbo ensordecedor. Inseguro e impreciso, atinó, para iniciar el discurso, a discurrir sobre el poder de la razón sobre la fuerza bruta: “Amigos todos, no os dejéis llevar por la arrogancia ignorante, ni sucumbáis del miedo o terror que cierta presencia aquí, esta noche, os infunde. El Señor de los Milagros me acompaña y me protege porque represento el bien y, sin temor alguno, ataco el mal, representado aquí esta noche por una imagen brutal, cerdosa y criminal.

Es necesario añadir que en aquel aparente enfrentamiento entre el bien y el mal, la fuerza de los contrincantes se desvanecía en una mecánica costumbre, de oficio, de repetir sin contenido, las frases que vivifican la representación veraz, auténtica, de comunicar una verdad al espectador desprevenido.

Desde el fondo de la sala, de repente se oyó una voz autoritaria, real, no de ficción: “corten”. Todos los actores, como soldados en formación, se pusieron a discreción. “No...no...no... Allí no está pasando nada, no sólo con la presencia de ustedes, con su vestuario, el maquillaje y las luces son suficientes para convencer a los espectadores de la verdad, de sobreponerse y transmitir el trabajo del actor sobre sí mismo”.

Obviamente que se trataba de un director stanislavskiano, por el lenguaje utilizado. Aunque al bajar del escenario los actores, oyeron por boca de ese mismo director una reflexión chaplinesca; no en el sentido generalizado del Chaplin caricaturizando e inmortalizado por su vasta obra cinematográfica, sino más bien de una respuesta que el genial creador inglés había dado a un periodista: “la mejor escuela del actor es observar al hombre en la calle; allí encontrarán el material suficiente para enriquecer, no imitar, sus respectivos personajes.”

En verdad, cada día podemos observar y ser observados por acuciosas miradas que a veces nos envuelven; e ignoramos por el silencio oculto en los rostros de los ciudadanos, nos evadimos sin respuesta alguna.