Crónicas y relatos (rigurosamente intrascendentes)

Pasado y Presente

Apostar a la incertidumbre sombría de que todo tiempo pasado fue mejor (Dios santo, que lugar común) –mejor para el conformista es cómo intentar arrancar una vieja página impresa por Gutemberg de un libro sobre las costumbres ancestrales y lujuriosas de hacer el amor sobre un viejo y destartalado catre carcomido por el tiempo, con el sólo hecho de que allí fornicaron a escondidas la reina voluptuosa con el fornido y bien dotado sirviente de la corte. Recuerdos de un falso romanticismo acartonado y salpicado de falsedades históricas, recogidos en retorcidas crónicas y folletines por la tradición oral, casi siempre engordados por exageraciones de los escribidores pequeños, nostálgicos de pasados remotos.

Como afirma Borges, aunque se escriba sobre el pasado, siempre seremos modernos, contemporáneos, porque las señales personales siempre iluminarán la brecha inadvertida de la personalidad de cada hombre y mujer, aunque apostemos a la escondida certidumbre de que podrían parecer, o mejor decir, aparecer rasgos y costumbres de otros tiempos y latitudes.

Este concepto referido al ejercicio de cualquier arte, nos revelaría -si somos sensatos- que habitamos en una zona y tiempo determinados; que nos rodean otros hombres y mujeres más jóvenes y más viejos que nosotros, que ejercen también nuestro oficio y no podemos estar apostando al pasado –valga el gerundio- porque en esa apuesta siempre existirá el brillo y el esplendor de las luces de las candilejas que nos separan de antiguas instancias pasadas y nos acercan cada vez con mayor vigor, a la realidad contemporánea circundante.

Tampoco caer en el barranco del otro extremo de sentirnos inactuales por haber desprendido del almanaque unas cuantas hojas más.

Yo pienso, por ejemplo, para venir al presente, que ese universo (porque es casi un planeta) de la telecomunicaciones, conformado en su estructura por ideas y practicismos (permítaseme el término), donde el juego siempre se pone en marcha a través del factor teclado; sí la teclas que el operador oprime articulan los espacios para emitir imágenes o imprimir textos (la televisión, la computación, es decir, la realidad virtual). Confieso con cierto rubor, aquí en esta intimidad, que cuando observo a mis hijos o a un particular manipular la computadora con tanta familiaridad y destreza, siento en mí la sensación , afortunadamente pasajera, momentánea, de haber llegado un poco tarde a este universo o espacio virtual. O tal vez sea cierta una ineptitud personal para manipular un teclado (por eso no fui pianista).

Me siento obligado a decirle, estimado lector, que aunque mi vida ha transcurrido sobre un escenario o frente a las cámaras de televisión y cine, nunca me sentí atraído por el teclado de las complejas consolas de la cabina de dirección de telenovelas; aunque algunas veces lo intenté, siempre con resultados pocos halagadores.

Creo que es interesante, por lo revelador que tiene, comentar sobre organizaciones constituidas sólo por jóvenes dedicadas a actividades culturales y artísticas.

Crecí de hecho (no de derecho) en éstas, vamos a llamarlas concentraciones generacionales, se apuesta a la disputa irreverente, muchas veces irreflexiva (la otra cara de la moneda) sobre problemas y planteamientos generales, hasta llegar al límite, desechando o rechazando experiencias, conocimientos o comentarios al azar, expresados desde la tribuna del pasado; por eso mismo, por provenir del acontecer histórico, un tanto para ellos remoto. Ambas posiciones conducen, indudablemente, a la incomunicación entre seres humanos ubicados en una misma zona o lugar.

Pero no hay que afligirse por los errores de ambos bandos. En todas las regiones del universo los encuentros generacionales y artísticos crean conciencia y forman conceptos valiosos para las futuras generaciones.

Por Dios, no sigo, me estoy metiendo en camisa de once varas (ya ven ustedes, amigos lectores, se me escapó otro arcaísmo) y estas crónicas y relatos sólo pretenden ser rigurosamente intrascendentes, y este servidor, a pesar de los escenarios, las cámaras de televisión, cine y la misma radio, sólo quiere ser un habitante anónimo en esta región no perdida precisamente por el anonimato marginal.